San Salvador — En la agitada arena política salvadoreña, los calificativos contra el presidente Nayib Bukele han transitado por una curiosa metamorfosis. De ser tildado como “dictador” y “autoritario” por sus críticos nacionales e internacionales, en las últimas semanas algunas voces opositoras han comenzado a referirse a él como un “extraterrestre”. Aunque a primera vista podría parecer una estrategia humorística o de desahogo ante la frustración política, lo cierto es que detrás de esta narrativa emergente se esconde un fenómeno más complejo: la dificultad de los sectores opositores para contrarrestar la abrumadora popularidad del mandatario, que según las más recientes encuestas se mantiene por encima del 85% de aprobación, incluso tras cinco años de gestión y bajo un polémico régimen de excepción.
De los señalamientos autoritarios a lo sobrenatural
Desde su llegada al poder en 2019, Bukele ha sido objeto de una intensa campaña de críticas por parte de sectores tradicionales de oposición, académicos, organismos de derechos humanos y medios internacionales. Se le ha acusado de concentración de poder, de tomar control de instituciones como la Corte Suprema de Justicia y la Fiscalía General, y de establecer un régimen de excepción que ha dejado más de 80,000 detenidos en dos años, bajo denuncias de arbitrariedades.
Durante ese tiempo, los adjetivos más comunes en los comunicados y declaraciones opositoras han sido “dictador”, “tirano”, “autócrata” y “populista autoritario”. Sin embargo, a medida que los comicios de 2024 se acercaron —en los que Bukele arrasó con más del 85% de los votos válidos— y los números de aprobación continuaban desafiando cualquier lógica política regional, algunos opositores comenzaron a ironizar con que Bukele no se comporta como un político terrenal.
“Este señor parece extraterrestre, no aplica ninguna regla de la política normal”, dijo el analista y excandidato de izquierda Manuel “Chino” Flores, en una entrevista televisiva a mediados de mayo, cuando se le preguntó por qué la oposición no lograba erosionar la imagen pública del presidente a pesar de las denuncias de corrupción, represión y autoritarismo. La expresión fue retomada en redes sociales y replicada por otros críticos y usuarios anónimos que, en tono irónico o resignado, comenzaron a señalar que “con Bukele no se puede, porque no es de este mundo”.
Una narrativa reflejo del desconcierto político
Para el politólogo Carlos Ramos, docente universitario y columnista, este viraje discursivo es un síntoma del desconcierto que vive una oposición fragmentada, carente de liderazgos competitivos y sin un relato atractivo frente a la narrativa de seguridad, crecimiento y orgullo nacional que impulsa el oficialismo.
“Cuando una oposición ya ha agotado los términos tradicionales para criticar a un gobernante y aún así no logra conectar con la mayoría de la población, lo que queda es el recurso a lo inverosímil o a lo sobrenatural. Compararlo con un extraterrestre es una forma de aceptar, implícitamente, que juega en una liga distinta y que las reglas convencionales de la política salvadoreña ya no aplican para su figura”, explica Ramos.
El especialista señala que esta estrategia, aunque pueda parecer humorística, también desnuda la falta de alternativas viables en el escenario político salvadoreño, donde los partidos tradicionales, ARENA y FMLN, han sido severamente castigados por el electorado y nuevos rostros opositores aún no logran consolidar una base social sólida.
¿Popularidad inexplicable?
El presidente Bukele ha capitalizado su combate frontal contra las pandillas, que durante décadas sembraron violencia y control social en comunidades enteras del país. El régimen de excepción, implementado desde marzo de 2022, ha permitido arrestos masivos y un despliegue militar sin precedentes, lo que ha reducido drásticamente los índices de homicidios y extorsión. A pesar de las denuncias de detenciones arbitrarias, muertes bajo custodia y desapariciones, la mayoría de la población respalda estas medidas.
“Hay que entender que la popularidad de Bukele no solo se basa en propaganda o marketing digital, sino en resultados concretos en seguridad que la gente percibe en su día a día”, apunta la socióloga Norma Hernández. “El ciudadano promedio ve menos funerales, menos extorsiones, puede transitar en zonas antes vedadas. Eso pesa mucho más que cualquier discurso sobre institucionalidad o derechos humanos, al menos en este momento histórico”.
Según una encuesta publicada en mayo por CID-Gallup, un 92% de salvadoreños considera que la situación de seguridad ha mejorado significativamente desde que Bukele asumió el poder. Además, el 87% aprueba la gestión presidencial, un récord que supera incluso a mandatarios históricos como Alfredo Cristiani o Francisco Flores en sus mejores años.
El riesgo de la desconexión opositora
Para los analistas, el problema de la oposición no radica solo en la falta de un líder carismático o de una estructura partidaria sólida, sino en la desconexión con las prioridades reales de la población. Mientras Bukele ofrece control territorial, obras de infraestructura y un discurso nacionalista confrontativo contra actores externos, sus adversarios insisten en señalar violaciones al orden constitucional y principios democráticos, asuntos que —según las encuestas— preocupan poco al electorado actual.
“La narrativa opositora está diseñada para un público académico, de clase media alta y para organismos internacionales, pero no conecta con las bases populares, que siguen viendo en Bukele al primer presidente que enfrentó sin temor a las pandillas y a las élites tradicionales”, sostiene Carlos Ramos.
¿Una broma o un síntoma político?
Que opositores hayan pasado de acusar a Bukele de “dictador” a calificarlo de “extraterrestre” puede parecer una anécdota menor, pero en el fondo revela una crisis discursiva y estratégica. “Cuando uno empieza a apelar a lo absurdo o a lo sobrenatural para explicar la popularidad de un político, lo que está diciendo es que ya agotó las herramientas de la política racional”, resume Ramos.
Mientras tanto, Bukele parece disfrutar de ese desconcierto. En más de una ocasión ha ironizado en redes sociales sobre su fama internacional y la etiqueta de “dictador cool” que le han dado algunos medios, como una muestra de que el relato de sus adversarios no logra hacerle mella.
Conclusión
El fenómeno Bukele ha desbordado los marcos tradicionales de la política salvadoreña. Su popularidad, sostenida en medidas de seguridad duras y una narrativa desafiante, ha dejado a la oposición sin respuestas efectivas. La transición del insulto autoritario a la broma sobrenatural es, en el fondo, una confesión de impotencia política. Y mientras no surjan propuestas capaces de competir en términos de eficacia y conexión emocional con el electorado, los calificativos seguirán mutando, pero el mapa de poder en El Salvador se mantendrá inalterable.